TACHaDAS

Siguiendo con los consejos para librarse de una minúscula sobrante (y/o molesta/ pesada/ demandante) que habitualmente damos en este blog, hoy aportaré otro menos delicado pero igualmente eficaz. Es una práctica habitual cuando nos sobran letras o cuando las escogemos erróneamente, que nadie se muestre escandalizado pues todos lo hemos hecho alguna vez: se trata de tacharla (algunos se preguntarán "¿Tacharla de qué?"; bueno, allá cada cual en su elección).

Tengan en cuenta que cuando a una minúscula se la tacha (de lo que sea), ésta ya se ve atada a su papel por el fino hilillo que acabamos de dibujar alrededor de su cuerpecito enclenque. Pero tal vez con esto no baste, pues la pequeña seguirá pataleando y protestando desde el lugar en el que la hemos fijado, reclamando su libertad de minúscula cambiante y paseante. Si este es el caso, táchela de nuevo. Y otra vez si es necesario. Cúbrala de finos hilillos de tinta hasta que ni se la vea y quede perfectamente amordazada.

La minúscula seguirá ahí, con su locura boba intacta, pero usted ya no tendrá que soportarla más.

 

MARGINaLES

Hay algo peor que ser minúscula a secas y es ser minúscula marginal. Las marginales son aquellas minúsculas y garabatos que sin duda habrán observado que aparecen en los márgenes de las hojas de libros y otros escritos. Son letras (a veces ni eso) que no han podido adaptarse a las reglas del texto oficial, ya sea éste un texto académico, una novela romántica o un tratado sobre el tiempo y la relatividad. Y se quedan por fuera de éstos como simples anotaciones sin trascendencia, que todo el mundo ve, pero a las que nadie toma en serio ni considera como una parte del libro.

Habrá quien piense que tal condición es fabulosa y aplaudirán la marginalidad de estas pequeñas bobas. Pensarán que qué libres y qué espontáneas. Antes de aplaudir, piensen que al margen no hay reglas gramaticales que marquen cuál debería ser el siguiente paso o el modo apropiado de conducirse, por lo que todo se vuelve confuso e imprevisible. Y piesen que, como marginales que son, hay cosas que estas pequeñas salvajes nunca (ob)tendrán.

CONDESCENDENCIa

¿Tiene usted una minúscula extremadamente molesta que no deja de atosigarle con sus inagotables ganas de jugar? ¿Es usted contrario/a a la violencia y desearía evitar tacharla o borrarla del texto? No hay problema, existe otra solución de lo más eficaz para espantarla: háblele con condescendencia.

 

Habrá quien piense que una minúscula es incapaz de apreciar estas sutilezas del lenguaje, pero en mis exhaustivas investigaciones he comprobado una y otra vez que es un método de lo más eficaz para deshacerse de cualquier minúscula sobrante. Sepan que las pequeñas han desarrollado cierta intolerancia a la condescendencia, pues éste es el modo en que las mayúsculas suelen dirigirse a las bobas.

Tengo que aclarar que dicha condescendencia no se debe a la maldad de las letras capitales, sino a las distintas alturas a las que se encuentra cada una de las letras: si la mayúscula es más alta, su discurso, sin duda, ha de ser condescendiente para alcanzar los oídos de una pequeña e insignificante minúscula.

RIDÍCULA aLEGRÍA

Cuando una minúscula festeja alguna de sus pequeñeces (un dibujo que le ha salido bien, una tarta de chocolate o el beso de una vírgula) empieza a saltar y bailar, presa de la alegría más ridícula. Puede ocurrir que, contagiadas, otras minúsculas se unan a ella, convirtiendo la celebración en una gran fiesta improvisada cuyos motivos nadie conoce muy bien.

Pero, acabado el festejo, siempre quedará una minúscula (la más boba) que bailará a solas más de lo conveniente y más de lo decoroso, arrebatada por el mismo placer de festejar. Y cuando la pobre loca al fin despierte de su arrebato, las demás letras ya estarán peinadas y serias, como mayúsculas que son (o les gustaría ser). Entonces a la boba sólo le queda bajar la mirada y retirarse avergonzada, al final del renglón, sabiendo que ya nadie la tomará en serio jamás.