INDÓMITaS

Aunque las minúsculas sienten adoración por los humanos, ocurre a veces que se sienten disconformes con la actuación de algunos. Ellas nos observan desde sus páginas y nos juzgan por sus baremos ridículos minúsculos.

Cuando así ocurre, las pequeñas se organizan en ejércitos epistolares de contenido lamentable, se ponen en plan Pepito Grillo y apelan a las conciencias. Y como no les gusta nada eso de enviar anónimos, firman con el nombre de su propio humano.
Jamás arreglan nada con estas epístolas, ninguna conciencia se remueve por ello, pero las bobas lo siguen haciendo como si el mundo dependiera de ellas.

Las mías envían cartas en mi nombre constantemente. Y a ver cómo explico que yo no he sido, que se me han rebelado las minúsculas, que es cosa de estas locas indómitas.


EL TAMAÑO NO IMPORTa

Para distinguir a las mayúsculas de las minúsculas muchos observan su tamaño y con esto sacan sus conclusiones: si una letra es pequeña es minúscula y si es grande, mayúscula.

Craso error. Tanto unas como otras pueden ser escritas en distintas fuentes y tamaños, de modo que algunas minúsculas podrían llegar a ser mayores que las mayúsculas, sin que ello suponga ningún cambio en sus respectivos comportamientos (comportamientos que vengo relatando aquí de forma desinteresada aunque rigurosa). Incluso en el mismo libro pueden darse estos casos, de hecho las minúsculas de las tapas suelen ser mayores que las mayúsculas del interior.

Entonces, para distinguir a una mayúscula de una minúscula, el único método fiable es observar a la letra obviando el contexto y analizando bien el trazo. Porque el tamaño no importa.

CONVERSaCIONES (3)

Ya se sabe a éstas alturas cómo son las conversaciones entre mayúsculas y minúsculas y las de mayúsculas entre sí. Se sabe que nunca llegan a buen fin, debido a las alturas de las cabezas de estas letras en cada caso.
Podría suponerse que a las minúsculas les pasa igual cuando conversan entre ellas pues, además de las alturas de sus cabezas, está el agravante de su grandísima ignorancia de absolutamente todo lo que se pueda conocer. 

Pero, milagrosamente, cuando las minúsculas hablan de sus pequeñeces siempre se entienden. Y siempre acaban en arrumacos y besitos, en intercambio de dibujos, o de frutas... o cualquier otra bagatela colorida.