CONVERSaCIONES (2)

Si bien las conversaciones entre mayúsculas y minúsculas son lamentables, también resultan poco eficaces las que llevan las maýusculas entre sí. Aquí el problema es el mismo: la atura que alcanzan las respectivas cabezas de las letras.

Pasa que, cuando dos mayúsculas debaten cara a cara y ambas letras se encuentran a la misma altura, sus argumentos chocan frontalmente, en vez de deslizarse los unos por entre los otros. Argumento tras argumento (pues las mayúsculas argumentan sin cesar), los discursos se acumulan ahí, a mitad camino entre las dos letras, formando un muro dialéctico que en un momento dado se hace imposible traspasar (y comprender). Siendo que las letras no son seres mortales y que las mayúsculas jamás se rinden, algunos de estos debates llevan cientos y cientos de años en marcha.

En cuanto a las minúsculas, dadas sus limitadas y simples mentes, jamás consiguen sacar nada en claro de estas conversaciones en las alturas. Escuchan a boquita cerrada durante unas horas, para después marcharse a hacer algún dibujo en plastidecor, con casitas y flores.



INDIGNaDAS

Cuando las minúsculas de un capítulo se indignan, no se les ocurre otra cosa que apelotonarse todas juntas en una misma página, en señal de protesta, lo más apretaditas posible, haciendo imposible distinguir a las unas de las otras, en una masa compacta de patitas y redondeces enredadas.  
Y revueltas así, sacarán sus lápices de colores, sus guitarras o sus disfraces, pues, por indignadas que estén, no dejan de ser minúsculas que sólo entienden de minusculeces.

Ante semejante revolución, las mayúsculas se encogen de hombros y siguen a la suya: ¿y qué si están indignadas? ¿y qué si son muchas? Bah, sólo se trata de unas minúsculas.


ENREDaDAS

Si, a pesar de mi consejos, algún/a querido/a lector/a de este blog decide convivir con las minúsculas, si decide adoptarlas, llevarlas a casa y permitir que invadan el hogar con sus historias locas, al menos debería tener la precaución de mantener su casa limpia de telarañas.

Las pequeñas caen fácilmente atrapadas ahí. Son tan ingenuas estas letras, que no tardarán en quedarse pegadas a la red. De hecho suelen quedar atrapadas tanto en las telarañas, como en las bolas de algodón de azúcar o en cualquier otro tejido pegajoso; incluso me atrevo a afirmar que las bobas serían capaces de quedar enredadas con sus patitas de minúscula en cualquier tela, entretela o tejido que haya urdido alguien, sea este entramado pegajoso o no.

Una vez enredadas, las minúsculas se quedarán quietas ahí, con los ojos bien grandes, parpadeando, a la espera de que alguien les explique algo de lo ocurrido. Serán tontas...


aSERTIVAS

Las minúsculas no deberían intentar ser asertivas. Tanto si lo son como si no, las cosas no cambian en absoluto para ellas, puesto que las mayúsculas no tienen la capacidad de oírlas (ya sea por las alturas, por la dislexia, o porque a las pequeñas no se las oye por mucho que se desgañiten expresando su voluntad).

Así las cosas, desde este blog no recomendamos inculcar la asertividad en las bobas. Dicha técnica es invento asunto de mayúsculas y sólo éstas podrán aprovecharla como es debido.

CONVENCIONES SOCIaLES

Cuando una minúscula se encuentra con una letra de otra página o incluso de otro libro, su curiosidad es tal que raya en el entusiasmo: ¿y de qué palabra vendrá? ¿será su texto cálido y hermoso, o más bien frío y distante? ¿es mullido el papel de su página; es blanco o color hueso?

La pequeña entusiasta puede así acribillar a preguntas a su interlocutora, cogerla de las manitas, reír sus bromas a carcajadas, darle unas vueltas por los aires, para después sentarse juntitas y suspirar de tanta felicidad.

Las mayúsculas no comparten estos ridículos entusiasmos. "¿A qué viene tanta alegría? ¿Qué querrá esta boba? ¿No me estará tirando los tejos?" -se preguntan. 
Estúpidas pequeñajas, siempre saltándose las convenciones sociales y dando lugar a toda clase de confusiones.