SIMPLONaS

Cómo te decía, Cien veces en un comentario la semana pasada, las minúsculas nunca se llevan tajada. Ahí justamente es donde reside su minusculez y la imposibilidad de salirse de ella.

Cuando una mayúscula se presenta a cualquier puesto o actividad, calcula cuáles pueden ser sus beneficios y cuáles los costes. Evalúa perfectamente la situación y decide con ello si va a continuar o no.

Las minúsculas no tienen la capacidad de hacer tales cálculos. Ellas ofrecen sus cuerpecitos para escribir en una u otra causa, ya se trate de minúsculas callejeras, de vírgulas abandonadas, o de la igualdad de derechos entre minúsculas y mayúsculas. Ni se les pasa por la cabeza que pudiera llevarse una beneficios con esto. Sólo piensan que nacieron para escribir y se sienten afortunadas de poder elegir el texto en el que escriben.

Así de simplonas son ellas, pobrecitas.

INVASORaS

Las minúsculas no se conforman con escribir en un blog o dos. Se saben multitud y quieren invadirlo todo, quieren llenar cualquier hueco con sus cuerpecitos enclenques y así demostrar su valía.

A partir de ahora invaden un nuevo espacio y dicen que quieren hablar ahí sobre la creatividad. ¿Y qué saben ellas del tema? Pues vete tú a saber, pero ahí se han instalado y me obligan a comunicarlo aquí, para que todos lo sepan.

En fin, si no tenéis nada mejor que hacer, visitad el lugar, aunque sólo sea por complacer a las pequeñas caprichosas.

LA IMPORTaNCIA DE LAS LENGUAS

Las mayúsculas son grandes defensoras de las lenguas y de la diversidad. Tanto es así, que en su quehacer diario de encabezar las frases y dirigirlas, promulgan normas y leyes que puedan defender estas lenguas y esta diversidad. Y si ello tiene un coste, pues se paga.

Las minúsculas de nuevo quedan atrás por sus limitados sentidos y su poco entendimiento de los conceptos. No entienden toooooooodo lo que hay detrás de una lengua cooficial. Piensan, las tontas, que las lenguas sólo sirven para entenderse las unas con las otras y no para otros conceptos e intereses. Y partiendo de esta base equivocada, no entienden, las pobres, por qué pagar traductores ahora, cuando antes todas esas mayúsculas podían entenderse las unas a las otras gratis.

Las pequeñas hacen sus cálculos y, con sus simples mentes, creen que más valdría, por poner un ejemplo, dar mil euros al mes durante un año a un comedor social o banco de alimentos, o repartir mantas y sopas calientes entre quienes duermen en la calle, o subir veinte euros la pensión de cincuenta jubilados... Cualquiera de estas cosas y mil ideas más, antes que hacer una sola sesión de traducción a quienes ya pueden entenderse solos. 

Así piensan las bobas, si es que a eso se le puede llamar “pensar”.

SaBER EVALUAR

Las minúsculas no saben evaluar ni hacer distinciones entre las cosas. Tanto les da ocho que cuatro si es lo que hay y no tiene remedio.  
Las mayúsculas en cambio, si de algo saben, es de evaluar y clasificar, establecer categorías y ordenar las cosas en su justo lugar. Todas ellas habilidades fundamentales en la vida, sobre todo en lo que respecta los momentos y las situaciones, pues saben que las cosas no son como son, sino como se las percibe.

Así, por ejemplo, cuando una mayúscula se ve atrapada en un atasco, en una enorme e innecesaria cola en el supermercado o en el andén de un tren que lleva retraso, enseguida sabrá que no es nada positivo. Refunfuñará durante toda la duración de la situación molesta y, al llegar a casa, contará lo horrible que resultó su día. Así un día se distinguirá perfectamente del día anterior y tendrán lo que se dice una vida llena.

Las minúsculas, ya sea en un atasco o en el odioso supermercado, se encogerán de hombros y caturrearán su canción favorita, pensarán en las musarañas y otros animalitos de su invención y pasarán el rato como si no tuvieran nada más importante que hacer con su tiempo, como si no tuvieran motivos para refunfuñar. Al llegar a casa no tendrán nada qué contar al respecto, si acaso las alocadas ideas surgidas del momento de espera o lo contagiosa que resultaba la risa de la cajera. Y para las pobres los días resultarán siempre iguales, con esa eterna sonrisa boba en la cara. 

MAYUSCULIZaRSE

Alguna que otra lectora de este blog ha expresado en un momento dado su deseo de ser mayúscula. Bien, pues tengo buenas noticias: mayusculizarse es mucho más fácil que minusculizarse, de hecho sólo hay que dar un paso. Es tan sencillo que nadie se explica por qué a las minúsculas les cuesta tanto hacerlo, debe de ser por su idiotez consabida.

Para mayusculizarse, tan sólo se debe acudir a un comercio multicolor y adquirir ahí una necesidad que antes no se tenía. Cuanto más cara sea la necesidad adquirida, mayor su efectividad, pues atraerá nuevas necesidades que adquirir. 
Así, por ejemplo, si una minúscula adquiere la necesidad de un teléfono móvil último modelo, adquirirá a la vez la necesidad de una tarifa de datos móvil, una funda, un protector de pantalla y aplicaciones con las que sacar el máximo partido de su nueva necesidad. Y si se adquiere la necesidad de un coche propio, se adquirirá a la vez la necesidad de un seguro, de echarle gasolina, de hacerle las revisiones, encontrar aparcamiento, reparar los daños en la carrocería producidos por vándalos o inclemencias del tiempo...

Ah, y que nadie se preocupe, una necesidad* adquirida puede durarle de por vida si no se inicia de nuevo el largo y duro proceso de minusculización.

*la garantía de por vida es aplicable sólo a la necesidad, no al objeto que se ha adquirido; éste último tendrá que ser sustituido por otro nuevo regularmente.