CABEZaS HUECAS


Las diminutas cabecitas de las minúsculas están tan vacías de cualquier asomo de idea, que las pequeñas siempre acaban cometiendo las más absurdas incoherencias, atrapadas (o abducidas) por mensajes persuasivos de cualquier índole.

Así, por ejemplo, aunque ellas ya no celebren la Navidad, las minúsculas se pasan las fiestas canturreando los pegadizos villancicos que suenan por doquier. Lo hacen en contra de su voluntad, las muy bobas: pese a sus inmensos esfuerzos y pese a apretar los labios con decisión en cuanto son conscientes, al menor descuido ya están tarareando de nuevo.  

Con semejante incoherencia no hay quien las tome en serio, ropopompom.

IMPRESIONaBLES

A veces las minúsculas sacan brillo a su tinta, se acicalan, se acercan a la página y cumplen todos los demás preparativos rituales de antes de tenderse a escribir... pero en el último momento, ya con las faldas arremangadas y una patita sobre el borde de la hoja, les entra un extraño escalofrío y se retiran de la página sin haber escrito nada.
Esto ocurre en los días de mayor violencia en las noticias. O cuando la minuscula ha estado mucho tiempo alejada de la realidad y vuelve de pronto a ella, sin ninguna preparación previa, sumergiéndose de cabeza en los informativos.

Así de fácil es impresionar a las tontuelas. Así de fácil enmudecerlas.

ENCABEZaR CON RIGOR

Recién mayusculizadas, la afortunadas letras beneficiarias de tal transformación, se sentirán llamadas a encabezar alguna frase, una frase cualquiera tanto si están de acuerdo con su enunciado como si no. Encabezar es lo único importante, pues ¿qué sentido tendría ser mayúscula si una no va a dirigir a su grupito de pequeñas e ineptas bobas? 

Así pues, toda letra mayusculizada buscará un texto que encabezar y un pequeño grupo de minúsculas locuelas a las que demostrar quien manda ahora y de qué manera se hacen las cosas bien, cambiando el sentido de la frase si hace falta... o eliminando minúsculas sobrantes y añadiendo otras nuevas, más de su agrado.

Éste es el modo de proceder con la más absoluta mayusculez sin perder la categoría adquirida.

CONFORMISTaS

Como veo que todavía no ha quedado claro cual es el modo correcto de mayusculizarse, voy a seguir explicando las formas de proceder  para completar con éxito la operación. 

 Lo que no debe hacerse cuando se busca la mayusculización es ser conformistas. Hay que mantener siempre un espíritu crítico y buscar de qué modo las cosas podrían mejorarse. Porque todo es mejorable, todo todo. Nuestra casa, nuestro trabajo, nustra pareja... El árbol que nos da sombra en verano podría ser más frondoso o menos frondoso. O más alto, o con los menos pajarillos, o etc. El fuego de la chimenea en invierno podría chisporrotear mejor, el té podría ser negro en vez de rojo y la manta mullida podría ser de algodón en vez de sintética. O podría ser de otro color. 

 Todo es mejorable, aunque las minúsculas no lo saben y suelen conformarse, quedándose encandiladas, con esa sonrisa boba, disfrutando de la tarde de un domingo cualquiera como si fuera el día más feliz de su existencia, sin alcanzar a comprender cuantísimo falta hasta alcanzar la perfección. Y este conformismo idiota es lo que las tiene atrapadas ahí, en su minusculez.

DIFERENCIaS DE ESCRITURA

Muchos lectores/as de este blog siguen (y seguirán) defendiendo la minusculez a capa y espada, convencidos/as de que es el estado ideal y el más cercano a la felicidad, sin comprender todavía (pese a mis innumerables esfuerzos y sacrificios personales para difundir el conocimiento sobre este tema) que tal felicidad no está más que en la mente de las bobas. Sus destinos, por el simple hecho de ser minúsculas, están escritos por la misma mano, pero de muy distinto modo.

No me cansaré de insistir: nada más práctico que mayusculizarse. Y a la mayor brevedad.

La DIERESIS

La diéresis se da cuando una minúscula no se conforma con una sola vírgula y decide permitir que otro de estos signos se le suba a la cabeza.

Bueno, seamos francos, no es una decisión propiamente dicha (mucho menos podría considerarse una decisión responsable), más bien ocurre que la minúscula con su blando corazón se enternece ante una vírgula desamparada y la acoge sin pensarlo ni un segundo.

Estas actitudes suelen traer problemas a las pequeñas. Ocurre muchas veces que las vírgulas desamparadas tienen complejo de Pit Bull y ay de la pobre minúscula enternecida. Ay de sus patitas presas en las fauces de la diminuta vírgula. Ay de su naricita, de su tripita, de sus cejas. Ay de su lacito hecho jirones, ay de sus noches blancas... Ay. 

Pero la pequeña ni piensa en esto cuando admira embobada el pelaje de su nueva vírgula ya más crecidita.

 -¡Tiene una i minúscula dibujada en el culito...! ¡es una señal! - concluirá la boba sin dudar.


INDÓMITaS

Aunque las minúsculas sienten adoración por los humanos, ocurre a veces que se sienten disconformes con la actuación de algunos. Ellas nos observan desde sus páginas y nos juzgan por sus baremos ridículos minúsculos.

Cuando así ocurre, las pequeñas se organizan en ejércitos epistolares de contenido lamentable, se ponen en plan Pepito Grillo y apelan a las conciencias. Y como no les gusta nada eso de enviar anónimos, firman con el nombre de su propio humano.
Jamás arreglan nada con estas epístolas, ninguna conciencia se remueve por ello, pero las bobas lo siguen haciendo como si el mundo dependiera de ellas.

Las mías envían cartas en mi nombre constantemente. Y a ver cómo explico que yo no he sido, que se me han rebelado las minúsculas, que es cosa de estas locas indómitas.


EL TAMAÑO NO IMPORTa

Para distinguir a las mayúsculas de las minúsculas muchos observan su tamaño y con esto sacan sus conclusiones: si una letra es pequeña es minúscula y si es grande, mayúscula.

Craso error. Tanto unas como otras pueden ser escritas en distintas fuentes y tamaños, de modo que algunas minúsculas podrían llegar a ser mayores que las mayúsculas, sin que ello suponga ningún cambio en sus respectivos comportamientos (comportamientos que vengo relatando aquí de forma desinteresada aunque rigurosa). Incluso en el mismo libro pueden darse estos casos, de hecho las minúsculas de las tapas suelen ser mayores que las mayúsculas del interior.

Entonces, para distinguir a una mayúscula de una minúscula, el único método fiable es observar a la letra obviando el contexto y analizando bien el trazo. Porque el tamaño no importa.

CONVERSaCIONES (3)

Ya se sabe a éstas alturas cómo son las conversaciones entre mayúsculas y minúsculas y las de mayúsculas entre sí. Se sabe que nunca llegan a buen fin, debido a las alturas de las cabezas de estas letras en cada caso.
Podría suponerse que a las minúsculas les pasa igual cuando conversan entre ellas pues, además de las alturas de sus cabezas, está el agravante de su grandísima ignorancia de absolutamente todo lo que se pueda conocer. 

Pero, milagrosamente, cuando las minúsculas hablan de sus pequeñeces siempre se entienden. Y siempre acaban en arrumacos y besitos, en intercambio de dibujos, o de frutas... o cualquier otra bagatela colorida.


CONVERSaCIONES (2)

Si bien las conversaciones entre mayúsculas y minúsculas son lamentables, también resultan poco eficaces las que llevan las maýusculas entre sí. Aquí el problema es el mismo: la atura que alcanzan las respectivas cabezas de las letras.

Pasa que, cuando dos mayúsculas debaten cara a cara y ambas letras se encuentran a la misma altura, sus argumentos chocan frontalmente, en vez de deslizarse los unos por entre los otros. Argumento tras argumento (pues las mayúsculas argumentan sin cesar), los discursos se acumulan ahí, a mitad camino entre las dos letras, formando un muro dialéctico que en un momento dado se hace imposible traspasar (y comprender). Siendo que las letras no son seres mortales y que las mayúsculas jamás se rinden, algunos de estos debates llevan cientos y cientos de años en marcha.

En cuanto a las minúsculas, dadas sus limitadas y simples mentes, jamás consiguen sacar nada en claro de estas conversaciones en las alturas. Escuchan a boquita cerrada durante unas horas, para después marcharse a hacer algún dibujo en plastidecor, con casitas y flores.



INDIGNaDAS

Cuando las minúsculas de un capítulo se indignan, no se les ocurre otra cosa que apelotonarse todas juntas en una misma página, en señal de protesta, lo más apretaditas posible, haciendo imposible distinguir a las unas de las otras, en una masa compacta de patitas y redondeces enredadas.  
Y revueltas así, sacarán sus lápices de colores, sus guitarras o sus disfraces, pues, por indignadas que estén, no dejan de ser minúsculas que sólo entienden de minusculeces.

Ante semejante revolución, las mayúsculas se encogen de hombros y siguen a la suya: ¿y qué si están indignadas? ¿y qué si son muchas? Bah, sólo se trata de unas minúsculas.


ENREDaDAS

Si, a pesar de mi consejos, algún/a querido/a lector/a de este blog decide convivir con las minúsculas, si decide adoptarlas, llevarlas a casa y permitir que invadan el hogar con sus historias locas, al menos debería tener la precaución de mantener su casa limpia de telarañas.

Las pequeñas caen fácilmente atrapadas ahí. Son tan ingenuas estas letras, que no tardarán en quedarse pegadas a la red. De hecho suelen quedar atrapadas tanto en las telarañas, como en las bolas de algodón de azúcar o en cualquier otro tejido pegajoso; incluso me atrevo a afirmar que las bobas serían capaces de quedar enredadas con sus patitas de minúscula en cualquier tela, entretela o tejido que haya urdido alguien, sea este entramado pegajoso o no.

Una vez enredadas, las minúsculas se quedarán quietas ahí, con los ojos bien grandes, parpadeando, a la espera de que alguien les explique algo de lo ocurrido. Serán tontas...


aSERTIVAS

Las minúsculas no deberían intentar ser asertivas. Tanto si lo son como si no, las cosas no cambian en absoluto para ellas, puesto que las mayúsculas no tienen la capacidad de oírlas (ya sea por las alturas, por la dislexia, o porque a las pequeñas no se las oye por mucho que se desgañiten expresando su voluntad).

Así las cosas, desde este blog no recomendamos inculcar la asertividad en las bobas. Dicha técnica es invento asunto de mayúsculas y sólo éstas podrán aprovecharla como es debido.

CONVENCIONES SOCIaLES

Cuando una minúscula se encuentra con una letra de otra página o incluso de otro libro, su curiosidad es tal que raya en el entusiasmo: ¿y de qué palabra vendrá? ¿será su texto cálido y hermoso, o más bien frío y distante? ¿es mullido el papel de su página; es blanco o color hueso?

La pequeña entusiasta puede así acribillar a preguntas a su interlocutora, cogerla de las manitas, reír sus bromas a carcajadas, darle unas vueltas por los aires, para después sentarse juntitas y suspirar de tanta felicidad.

Las mayúsculas no comparten estos ridículos entusiasmos. "¿A qué viene tanta alegría? ¿Qué querrá esta boba? ¿No me estará tirando los tejos?" -se preguntan. 
Estúpidas pequeñajas, siempre saltándose las convenciones sociales y dando lugar a toda clase de confusiones.

DISLEXIa

Si bien entre los humanos hay cierto porcentaje de dislexia* , en el caso de la mayúsculas ésta es una norma general.
Las mayúsculas tienen grandes, grandísimas dificultades en leer y entender el significado de otras letras, particularmente minúsculas y en especial las vocales.

No es por falta de voluntad, pues. Es que las buenas mayúsculas simplemente no las comprenden. Cuando una minúscula se acerca corazón en mano y estampa sus naricitas frente a un muro de silencio o la hilaridad condescendiente, no es crueldad, no es altanería.

No, no es nada de eso, es dislexia.


*De la Wikipedia: "Se llama dislexia (...) a la dificultad en la lectura que imposibilita su comprensión correcta.”

ORDENaDAS

Dado mi exhaustivo y entregado trabajo como investigadora del orden social y cultural de las letras, ocurre con frecuencia que recibo toda clase de consultas al respecto, de forma más o menos anónima y más o menos privada. Y, cómo no, yo contesto a todas las consultas, consciente de mi misión, que obliga.

Es lo que me ha ocurrido recientemente. La pregunta recibida iba destinada a averiguar por qué el orden de las minúsculas es el que es y no otro. Por qué se lee primero a las minúscula de un lado de la palabra y no a la del lado opuesto. Por poner un ejemplo, por qué "res" y no "ser".

Bien, es una respuesta muy simple: porque sí. Nada impediría que pudieran ser leídas en otro orden, ninguna minúscula es más valiosa que otra, ni merecedora de prioridad por cualquier motivo, pero el haber nacido en un lado o el otro de la palabra (o incluso del libro) determinará su destino y el lugar que ocupa en el contexto. Ni hay mérito personal (mejor dicho "literal") en ello, ni hay elección consciente, ni mucho menos hay opción a decidir un destino diferente para sí misma.

Así pues, cada letra deberá ser leída en el lugar en el que ha sido escrita, tanto si esto le gusta, como si no. Sólo así el texto será legible y al gusto del (o de los) autor(es).


BIEN aTADAS

Siguiendo con los útiles consejos para prevenir incidentes indeseados cuando llevéis a vuestras minusculas al campo, aquí va otro.

Si bien a las minúsculas les gustará corretear y brincar con libertad, tomad la precaución de atar la patita de cada una de las minúsculas del libro con un fino hilo de pescar de al menos seis metros de largo. Hacedlo con pinzas y poned toda vuestra delicadeza en ello, ya que podrían dañarse, por ser tan pequeñas.

No es que yo sea partidaria de atar a nadie, pero ocurre algunas veces que una o dos minúsculas de un libro (cómo mucho) no quiera volver al renglón. Y echará a correr monte arriba, bajará por la otra ladera y subirá otro monte más, o varios otros, y no parará de correr hasta encontrar el pico más alto y frondoso donde quedarse a vivir.

Son casos excepcionales, sin duda. Letras salvajes que jamás han sido del todo domesticadas, o que preferirían haber sido escritas en un abecedario infantil en vez de en un tratado sesudo, del que no entienden nada pero en el que tienen que participar, sí o sí.

Mejor mantenerlas bien atadas. Acabado el recreo, sólo hay que tirar del hilo de pescar y arrastrar a la pequeña hasta su lugar de siempre, sin más complicaciones ni deserciones molestas.

MICRORREALATOS ANIDaDOS

Si las mayúsculas alguna vez participan de los juegos primaverales de las bobas, sin duda obtendrán un papel estelar. Jamás aceptarían jugar a nada de no ser así, como es natural.

Como ejemplo, estos cuentos anidados*, una idea de Dersony.  Las mayúsculas tienen la clave de todo el juego y de todos los cuentos, sin ellas no se podría ni empezar.

Por cierto, se han juntado a jugar aquí las minúsculas y mayúsculas de:


Gotzon

Elisa de Armas
Anita Dinamita
Puri Menaya
Alberto Martín "NiñoCactus"
Anca Balaj "aminuscula"
Rosana
Fernando Vicente "depropio"
MA
Maite García de Vicuña
Raúl Quirós Molina
Dersony 



*las instrucciones van en el interior

aDORACIÓN

Si habéis decidido llevar las minúsculas al campo, debéis tomar algunas precauciones que con el tiempo iré relatando aquí.
Una de estas precauciones consiste en asegurarse de que no habrá amapolas en el lugar elegido.

Las minúsculas sienten purita adoración por estas asilvestradas flores. Aman su color intenso y su delicadeza. Veneran esa fragilidad valiente, el empeño de estas flores en no dejarse arrancar sin marchitarse a los pocos minutos, a modo de protesta por el secuestro.

"Son flores libres" -piensan las bobas. Y se quedan (ad)mirándolas desde lejos, temerosas de lastimar su libertad y su felicidad de flor.

(y, desde lejos, imaginan en secreto cómo sería besarlas, sólo una vez, sólo un poquito)

aGITADAS

Si a alguno de los preciados lectores de este blog se le ocurre comenzar la limpieza general de primavera, si entre sus planes está sacar todos los libros de la estantería y quitarles bien el polvo ¡por Dios, que no lo haga!

Llegada la primavera, las minúsculas se agitan de tal manera, que no hay modo de contenerlas en su renglón. Todas y cada una de las ideas locas que hayan concebido sus cabecitas durante el invierno serán puestas en práctica justo en este momento y sus risas, perfectamente audibles en esta época del año, acabarán con el silencio de la casa. Ni una linea del libro quedará en su sitio, ni una palabra.

Si, por las circunstancias, no tenéis más remedio que abrir un libro y leer, tomad la precaución de hacerlo al aire libre*, donde las locas puedan correr y trepar por los árboles, subirse a la chepa de los escarabajos o deslizarse por los hilillos de hierba como si fueran toboganes de un parque de atracciones. Pasadas unas horas, las minúsculas volverán a ocupar su lugar en el libro, felizmente agotadas. Y sólo entonces serán de nuevo legibles.

*En caso de no tener posibilidad de ir al monte, no queda otro remedio que entristecer a las pequeñas de forma artificial

DÍa SIN CARNE

Las minúsculas no comen vírgulas. Ni puntos. Ni acentos, ni guiones, ni ningún otro signo que ande correteando (o buceando) por el texto.

De ahí que, por mucho que me empeñe cada año en explicarle a la pequeñaja que el 20 de marzo los humanos celebran el día sin carne, no haya manera de acabar la conversación cómo es debido.
La boba me escucha hablar de las dietas humanas y, de pronto, empieza a temblarle la barbilla ("no me lo puedo creer", me dice con un hilo de voz) y se echa a llorar como una cría. Y se pasa el resto del día entristecida, acariciando su vírgula, cómo si pudiera remediar algo con ello.

En fin, ya desisto. Pero a vosotros sí os lo puedo contar, para que podáis uniros a la fiesta vegetal (y si llegáis tarde, no importa, podéis celebrarlo al día siguiente, o un día a la semana, o todos y cada uno de los 365 días del año).

LAS MáS FELICES

De entre todas las letras, las más felices son aquellas que tienen el privilegio de vivir en una biblioteca pública. Les encanta saber que no tienen dueño, adoran viajar de casa en casa y ver otros mundos o rostros cada vez que se abre su libro de nuevo.

Aunque después las despedidas sean inevitables, aunque llegado el momento se ahoguen en llantos, mocos y nostalgias, a las pequeñas faranduleras les encanta ser leídas por distintos ojos en cada ocasión. Ahora unos ojos verdes, ahora estos tan hermosos de largas pestañas, ahora estos otros, tan sonrientes...
Embelesadas así, lamentan la triste situación de sus pobres hermanas de librería, minúsculas que han sido compradas por alguien y que, una vez leídas, no vuelven a ver caer el sol sobre sus páginas nunca más.

SUTILEZaS

Cuando una mayúscula no puede resistir más la idiotez de una minúscula, no le queda otro remedio que enviarla a peinar vírgulas*.

La boba obedece. Toma la expresión en su sentido estricto, como de costumbre, y ni por asomo imagina que debería ofenderse por ello (la vírgula se sonríe ante la ingenuidad de la pequeña, pero como le gusta tanto el masaje no dice nada al respecto). 
Así, la minúscula coge el peine de la cesta y se pone a acicalar a su vírgula querida mientras sueña con aprender a ronronear también ella, para acompasarse mejor en este placer para dos. Y queda agradecida con la mayúscula que le sugirió tan agradable actividad, porque mira lo buena que es y mira lo generosa.

Con sutilezas así, no hay modo de educar una minúscula, está claro.

*equivalente literal de enviar a de freír espárragos

REGaLOS

Cuando una minúscula recibe un regalo que la emociona, no hay duda de que quien se lo ha hecho es otra minúscula: a ninguna mayúscula se le ocurriría regalar nada que no fuera comprado por un precio perfectamente cuantificable en euros o en cualquier otra moneda, para así poder corresponder con un regalo de idéntico valor y que nadie se tenga que quedar suspirando de agradecimiento.

Saben las mayúsculas, sin duda, que esto no es nada serio: una emoción llevará a la otra, la obsequiada agradecerá con fervor, la otra se emocionará también y agradecerá como pueda, entonces la primera se emocionará más todavía... y al cabo de varios intercambios de ésta índole el texto se volverá dulce y esponjoso hasta límites insospechados.

De ahí, nuevamente, la importancia de mayusculizarse a la menor ocasión.

(Gracias, almenitA)

aMORES IMPOSIBLES

Bien sabido es lo poco que se lee en este país. Hay quien lo achaca a unas razones, hay quien lo achaca a otras, pero lo cierto es que ninguna de estas razones se acercan a la verdadera: la relación entre los humanos y las minúsculas está marcada por la fatalidad de un amor imposible, el de quienes nunca se encuentran.

He aquí el escollo: hay que ser minúsculo para encontrarse con el par literal. Hay que ser tan pequeño e insignificante como lo son ellas; para la mayoría de los humanos esto significa que hay que ser niño o anciano. 
El caso es que los niños todavía no saben leer, mientras que en la vejez ya no se tiene la vista suficiente como para distinguir a las pequeñas ni aun con cuatro pares de gafas sobrepuestas. 
En cambio, cuando ya sabemos leer y disfrutamos de una buena vista, son otros los intereses que nos guían: los intereses mayúsculos. Apenas nos queda tiempo para prestar atención a lo que digan las pequeñas. Priman los formularios y los informes, escritos siempre en mayúscula.

De ahí que se lea tan poco, de ahí que este amor sea imposible.

Nota mental: voy a leer mucho ahora, para cuando ya no pueda ver a estas locuelas.

ENSALZaDAS

Pasa, no se sabe bien por qué, que a algunas minúsculas se las ve cada vez más y más grandes, hasta alcanzar tamaños considerables (he visto algunas tan grandes que tenían que ser alzadas por las grúas en lo alto de los edificios, puesto que en los libros ya no cabían).

Cuando esto ocurre, lo normal es venirse a mayúscula, pues bien se sabe que en lo alto sólo deben estar las letras capitales.
Sin embargo algunas minúsculas no saben hacer la conversión, pobrecitas. Y se quedan ahí, ruborizadas por el protagonismo que nunca soñaron, torpes y gigantonas, escandalizando a todos con su comportamiento  ridículo en las recepciones, con su falta de elegancia en el vestir, sus ideas locas de minúscula y el desacato absoluto de lo que las Reales Academias de las Lenguas dictan.

Esto ocurre rara vez, es cierto, pero siguen siendo terribles accidentes que, sin duda, sería mejor evitar. Semejantes modelos de conducta no pueden más que entorpecer la educación de nuestros niños.

LETRa PEQUEÑA

Los cachorros de las minúsculas, conocidos por el nombre de "letra pequeña", son diminutos, alocados, inquietos y extravagantes.Todavía sin pulir por una esmerada educación, tienen la mala costumbre de llamar siempre las cosas por su nombre sin ningún pudor (los borrachos y la letra pequeña nunca mienten, dice el refranero minuscular), por lo que sus palabras resultan molestas para las letras ya crecidas, sobretodo para las mayúsculas. Por este motivo son relegados a los pies de página y otros lugares donde no molesten demasiado.

Y arrinconaditos ahí, nadie los lee, aunque se haya demostrado innumerables veces que nos evitaríamos muchos disgustos si leyéramos la letra pequeña.

SIMPLONaS

Cómo te decía, Cien veces en un comentario la semana pasada, las minúsculas nunca se llevan tajada. Ahí justamente es donde reside su minusculez y la imposibilidad de salirse de ella.

Cuando una mayúscula se presenta a cualquier puesto o actividad, calcula cuáles pueden ser sus beneficios y cuáles los costes. Evalúa perfectamente la situación y decide con ello si va a continuar o no.

Las minúsculas no tienen la capacidad de hacer tales cálculos. Ellas ofrecen sus cuerpecitos para escribir en una u otra causa, ya se trate de minúsculas callejeras, de vírgulas abandonadas, o de la igualdad de derechos entre minúsculas y mayúsculas. Ni se les pasa por la cabeza que pudiera llevarse una beneficios con esto. Sólo piensan que nacieron para escribir y se sienten afortunadas de poder elegir el texto en el que escriben.

Así de simplonas son ellas, pobrecitas.

INVASORaS

Las minúsculas no se conforman con escribir en un blog o dos. Se saben multitud y quieren invadirlo todo, quieren llenar cualquier hueco con sus cuerpecitos enclenques y así demostrar su valía.

A partir de ahora invaden un nuevo espacio y dicen que quieren hablar ahí sobre la creatividad. ¿Y qué saben ellas del tema? Pues vete tú a saber, pero ahí se han instalado y me obligan a comunicarlo aquí, para que todos lo sepan.

En fin, si no tenéis nada mejor que hacer, visitad el lugar, aunque sólo sea por complacer a las pequeñas caprichosas.

LA IMPORTaNCIA DE LAS LENGUAS

Las mayúsculas son grandes defensoras de las lenguas y de la diversidad. Tanto es así, que en su quehacer diario de encabezar las frases y dirigirlas, promulgan normas y leyes que puedan defender estas lenguas y esta diversidad. Y si ello tiene un coste, pues se paga.

Las minúsculas de nuevo quedan atrás por sus limitados sentidos y su poco entendimiento de los conceptos. No entienden toooooooodo lo que hay detrás de una lengua cooficial. Piensan, las tontas, que las lenguas sólo sirven para entenderse las unas con las otras y no para otros conceptos e intereses. Y partiendo de esta base equivocada, no entienden, las pobres, por qué pagar traductores ahora, cuando antes todas esas mayúsculas podían entenderse las unas a las otras gratis.

Las pequeñas hacen sus cálculos y, con sus simples mentes, creen que más valdría, por poner un ejemplo, dar mil euros al mes durante un año a un comedor social o banco de alimentos, o repartir mantas y sopas calientes entre quienes duermen en la calle, o subir veinte euros la pensión de cincuenta jubilados... Cualquiera de estas cosas y mil ideas más, antes que hacer una sola sesión de traducción a quienes ya pueden entenderse solos. 

Así piensan las bobas, si es que a eso se le puede llamar “pensar”.

SaBER EVALUAR

Las minúsculas no saben evaluar ni hacer distinciones entre las cosas. Tanto les da ocho que cuatro si es lo que hay y no tiene remedio.  
Las mayúsculas en cambio, si de algo saben, es de evaluar y clasificar, establecer categorías y ordenar las cosas en su justo lugar. Todas ellas habilidades fundamentales en la vida, sobre todo en lo que respecta los momentos y las situaciones, pues saben que las cosas no son como son, sino como se las percibe.

Así, por ejemplo, cuando una mayúscula se ve atrapada en un atasco, en una enorme e innecesaria cola en el supermercado o en el andén de un tren que lleva retraso, enseguida sabrá que no es nada positivo. Refunfuñará durante toda la duración de la situación molesta y, al llegar a casa, contará lo horrible que resultó su día. Así un día se distinguirá perfectamente del día anterior y tendrán lo que se dice una vida llena.

Las minúsculas, ya sea en un atasco o en el odioso supermercado, se encogerán de hombros y caturrearán su canción favorita, pensarán en las musarañas y otros animalitos de su invención y pasarán el rato como si no tuvieran nada más importante que hacer con su tiempo, como si no tuvieran motivos para refunfuñar. Al llegar a casa no tendrán nada qué contar al respecto, si acaso las alocadas ideas surgidas del momento de espera o lo contagiosa que resultaba la risa de la cajera. Y para las pobres los días resultarán siempre iguales, con esa eterna sonrisa boba en la cara. 

MAYUSCULIZaRSE

Alguna que otra lectora de este blog ha expresado en un momento dado su deseo de ser mayúscula. Bien, pues tengo buenas noticias: mayusculizarse es mucho más fácil que minusculizarse, de hecho sólo hay que dar un paso. Es tan sencillo que nadie se explica por qué a las minúsculas les cuesta tanto hacerlo, debe de ser por su idiotez consabida.

Para mayusculizarse, tan sólo se debe acudir a un comercio multicolor y adquirir ahí una necesidad que antes no se tenía. Cuanto más cara sea la necesidad adquirida, mayor su efectividad, pues atraerá nuevas necesidades que adquirir. 
Así, por ejemplo, si una minúscula adquiere la necesidad de un teléfono móvil último modelo, adquirirá a la vez la necesidad de una tarifa de datos móvil, una funda, un protector de pantalla y aplicaciones con las que sacar el máximo partido de su nueva necesidad. Y si se adquiere la necesidad de un coche propio, se adquirirá a la vez la necesidad de un seguro, de echarle gasolina, de hacerle las revisiones, encontrar aparcamiento, reparar los daños en la carrocería producidos por vándalos o inclemencias del tiempo...

Ah, y que nadie se preocupe, una necesidad* adquirida puede durarle de por vida si no se inicia de nuevo el largo y duro proceso de minusculización.

*la garantía de por vida es aplicable sólo a la necesidad, no al objeto que se ha adquirido; éste último tendrá que ser sustituido por otro nuevo regularmente.