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Llevo mucho tiempo eludiendo este tema, pero tarde o temprano hay que tocarlo, no hay historia que se precie que no lo trate en algún momento: el amor.
Cuando las minúsculas aman lo hacen apasionadamente, con la misma locura con la que se entregan a sacar la lengua en el espejo, o a devorar una tarta de chocolate, o a sorberse los mocos tras una película tierna. Aman ridículamente, con sonrojos, arrebatos y una espantosa falta de decoro (me vais a perdonar si no me extiendo en descripciones detalladas de su bochornoso comportamiento en el amor).

"Pero ¿qué aman las minúsculas?" -os preguntaréis. La respuesta es obvia: las minúsculas aman las letras.