CRISIS ORTOGRáFICA


La cuestión de la crisis es bastante simple: había exceso de mayúsculas. Todo el mundo sabe que en una frase bien construida no debe haber más de una mayúscula, la que encabeza a la misma. Como única excepción a esta regla, se permite alguna que otra mayúscula cuando se trata de nombres propios.
Bien, pues hecha la ley, hecha la trampa. Hace un tiempo las frases empezaron a llenarse de nombres propios sin apenas minúsculas entre ellas que puedan sostener el sentido de la frase.
A todo esto hay que añadir que muchos de estos nombres propios estaban encabezados por minúsculas venidas a mayúsculas, asunto que multiplicaba el número de mayúsculas existente y ponía en peligro seriamente todo el sistema ortográfico.
Los jóvenes, confundidos por la situación, empezaron a mezclar mayúsculas y minúsculas de forma iNDiscrIMiNadA en sus escritos, mientras que otros escribían en sus e-mails sólo con mayúsculas.
El asunto ya era insostenible.

Ahora las mayúsculas están cayendo una a una, ahogadas por las deudas contraídas para hacerse con un nombre propio, mientras las minúsculas se mantienen donde estaban (no se puede caer más bajo que una minúscula). Mientras las mayúsculas pierden las frases de su propiedad, las minúsculas no pierden nada, porque nunca han tenido una frase propia. Y las minúsculas venidas a mayúsculas vuelven a ser minúsculas de nuevo.

Es tiempo de minúsculas, más nos vale asumirlo.