CONFUNDIDaS

Ya se sabe lo predispuestas que se muestran las minúsculas a las celebraciones, pero en el caso de las fiestas navideñas, pobrecitas tienen mucho que padecer, dado ninguna de ellas conoce cual es el comienzo exacto de dichas celebraciones. Por un lado, los anuncios de televisión dicen que empiezan el tres o cuatro de noviembre, por el otro lado, los grandes almacenes dicen que el veinticinco del mismo mes.

En todo caso las pequeñas están convencidas de que noviembre es el mes de la navidad. Se ponen su gorrito rojo y empiezan a festejar, a comer turrones y mazapanes, a regalar piruletas a las demás letras que forman palabra con ella... y todo lo que se supone que una letra educada debe hacer en estas fiestas tan señaladas.

Llegado el mes de diciembre, las pequeñas ya no tienen aliento, no pueden cantar un un sólo villancico más, han engordado los gramos que luego tendrán que rebajar y han gastado todos sus ahorros en piruletas, mazapanes y tinta morada con la que vestirse en noche vieja (fecha que sí conocen).

Las mayúsculas, letras sabedoras que comprenden perfectamente el valor de la fechas (y la utilidad que tiene el adelantar varios meses la emisión de mensajes Navideños), ríen a carcajadas viendo semejante comportamiento de las payasas, aunque ninguna se molesta en sacarlas de su error, por no estropearse la diversión.

LIBRaRSE DE UNA MINUSCULA



Ya he mencionado en otra ocasión que no era muy buena idea regalar minúsculas a las personas y hoy voy a daros el argumento definitivo: es imposible librarse de una minúscula una vez ha llegado a entrar en tu vida.

Tarde o temprano te sentirás cansado/a de llevar a cuestas a esta letra tan infantil e ingenua... tan idiota, podría decirse. Te sacará de quicios su complejo de Pepito Grillo, esa indecorosa costumbre de hacer ver lo que es correcto y lo que no. Te cansarás de mirar siempre hacia el lado donde están los problemas del mundo, sin posibilidad de mirar nunca para otro lado. Tarde o temprano dirás "¡basta!".

Llegado ese momento, de nada servirá pedirle a la minúscula que se marche a vivir a otro lugar porque ella no hará caso a estas palabras, pues creerá que es una broma (broma de mayúsculas, pero broma a fin de cuentas). Entonces te verás obligado/a a llevar a la pequeña a un descampado, dejarla en el suelo y salir corriendo lo más rápido de lo que eres capaz.
Pero ni aun por éstas, la minúscula es como un cahorrito de perro: correrá detrás de ti convencida de que se trata de un divertido juego. Al alcanzarte te cubrirá a lametones y moverá la colita (en este caso la de arriba, con su lacito), te mirará cariñosa mientras se ruboriza de tanta emoción y amor que la embarga en ese momento.

Y te enternecerás otra vez. Y la recogerás del suelo, resignado/a a compartir algunos años más con ella.

ENCaRCELADAS


Cuando las minúsculas cometen algún delito, son apresadas y encerradas en Diccionarios de las Reales Academias donde se espera que paguen por sus pecados y, de paso, se conviertan en letras de provecho.

Y diréis, queridos y honorables lectores de este blog: "¡¿Pero qué delitos podría cometer una minúscula?!". Bien, he de deciros que las minúsculas también cometen delitos, hay incluso quien cree que los delitos son siempre cosa de minúsculas y nunca de las mayúsculas, puesto que éstas últimas suelen salir airosas de cualquier acusación formal.
Uno de los principales delitos de las minúsculas, por ejemplo, es no aceptar su condición y querer ser otra cosa diferente. Hay minúsculas que siguen con la patraña de la igualdad en la boca, al mismo tiempo que hablan de la diversidad, sin darse cuenta las pobres que o es una cosa o es la otra, que estas dos palabras se excluyen mutuamente. Creen, además, que cada quien puede ser lo que desee, negándose a admitir que cada quien es (y debe ser) quien ha nacido y no hay posibilidad de transformación. Ninguna.

Volviendo al tema que nos ocupa, cuando las minúsculas son encarceladas, privadas de su libertad y de sus lápices de colores, cuando se ven tan estrictamente definidas, se sienten tan desdichadas que pueden llegar a perder la razón (si es que tuvieron uso de ella alguna vez). Las otras minúsculas de su párrafo, por suerte, se acercan hasta las tapas del Diccionario y le leen poesías o le cuentan chistes de Lepe para que cobre fuerzas, pobrecilla.