UN LIBRO EN BLaNCO

Las minúsculas están tan desprovistas de todo lo material, que sus casas son cómo enormes libros en blanco: no hay muebles cómodos, ni hay pasillos, ni habitaciones bautizadas con nombres que ayuden a averiguar su utilidad (dormitorio, comedor, sala de estar... etc). Cada vez que quieren descansar, por ejemplo, las minúsculas han de buscar un lugar adecuado dónde hacerlo y se ven obligadas a recorrer varias páginas hasta encontrar ese maravilloso sitio que propicie una buena siesta.

Las mayúsculas, en cambio, lo tienen más fácil. Sus casas tienen habitaciones con nombre y pasillos lo suficientemente estrechos cómo para seguir los pasos de sus antecesores sin la menor desviación, sin perderse jamás. Sus libros están bien escritos de antemano.

Mucho más cómodo, desde luego. Y más razonable.

aRTISTAS MAYÚSCULOS

A todas las minúsculas les gusta coger los colorines. Y lo hacen, de hecho, sin pudor y sin importarles si aquello que han dibujado está elaborado como es debido o no. Las muy ignorantes pretenden hacer arte de aquello que imaginan, pretenden dibujar así, sin más. Las muy brutas creen que basta con coger un pincel y ya, que no hace falta seguir los talones de ningún maestro y que las cosas pueden ser de muchas maneras diferentes.

Los artistas mayúsculos, en cambio, no sólo saben hablar con acento francés, sino también saben que hay una sóla, única, indiscutible manera de hacer las cosas.
Mientras tanto, las obstinadas minúsculas se dedican a jugar con los colorines sin hacer caso alguno; he ahí la razón de que las minúsculas siempre serán mínúsculas y jamás llegarán a ningun lugar de provecho.

MINÚSCULaS APARTE

En todos los libros (en todos, no sólo en los de historia y los de caligrafía) hay zonas para minúsculas y zonas para mayúsculas.

Alguna vez una minúscula se atreve a husmear por estos lugares especiales reservados para las letras más panzudas (me pregunto si son panzudas de nacimiento o se hacen así cuando se vuelven mayúsculas).
Si bien la excursión empieza con la ilusión de cualquier paseo por un mundo desconocido (a las minúsculas les encanta explorar mundos desconocidos), en cuanto la pequeña ingenua se cruza con las primeras mayúsculas... uish... ve cómo sus puntiagudas narices se retuercen tanto al verla , que la pobre empieza a dudar de la eficacia de su desodorante.

Como es la primera (y última) vez que viaja a ese lugar, no comprende, pobrecita. No comprende que a las minúsculas hay que ponerlas aparte, desde que el mundo es mundo.

LA ETERNa JUVENTUD

Las minúsculas rara vez (o nunca) envejecen, en tanto que las mayúsculas sí que lo hacen: su envejecimiento comienza en el mismo instante en que se convierten en mayúsculas... o al revés. Nadie sabe qúe es la causa y qué la consecuencia, el caso el que envejecimientos y conversión en mayúscula comienzan en el mismo instante.

Yo, minúscula de mi, tras mucho observar a las letras de mi entorno, tengo una teoría: se empieza a envejecer el día en que por primera vez dices "Yo no sé hacer esto" y dejas incluso de intentarlo. En ese momento, si bien tú sólo pretendías comportarte cómo una mayúscula y no hacer el rídiculo mostrándote torpe, asumes sobre tus hombros la carga de no volver a equivocarte jamás... carga que nadie puede llevar con alegría desde que los libros son mundo.
En ese instante olvidas que cuando eras minúscula no te importó no saber andar, hablar, escribir... que lo intentaste una y otra vez, a trompicones, con la lengua asomando por alguna de las comisuras de tus labios, pese a la inmensidad de las tareas.

La eterna juventud, creo yo, está en la capacidad de admitir que no sabes y pese a ello intentarlo, con movimientos torpes y la lengua asomando por alguna de las comisuras de tus labios.