TÍMIDaS

La manera adecuada de manejar grandes textos es tomando el escrito en su conjunto. Después, a la hora de estudiarlo, deberá usted recorrer con su mirada la superficie de los renglones, de izquierda a derecha, sin variar el ritmo. Podría (en caso de ser absolutamente necesario) volver unas palabras atrás y recorrer de nuevo las letras ya leídas, procurando abarcar al menos medio renglón en esta revisión.
Pero jamás, bajo ningún concepto se debe detener con la mirada fija en una minúscula en concreto. Si así lo hiciera, la boba se sentiría halagada por tanta atención, dada su timidez se pondría roja y así destacaría entre las demás letras.

¿Puede alguien imaginarse la de líos e incorrecciones que supondría tener una minúscula destacada en mitad del libro? ¿Podría alguien resitir tal desbarajuste en un texto formal?

MANCHaDAS

A nadie se le ocurriría empapelar el suelo con libros abiertos antes de ponerse a pintar las paredes. En cambio, hacerlo con aquellas minúsculas escritas en hojas de periódicos y revistas parece de lo más normal (nueve de cada diez minúsculas escritas en esta clase de publicaciones tienen un final atroz).

Estas pobres, en los últimos momentos de su corta vida, se ven obligadas a quedar tendidas boca arriba para contemplar con sus propios ojos como una enorme mancha de pintura se precipita sobre ellas desde las alturas. Y, atadas a su papel como están, nada pueden hacer al respecto. De pronto, ¡chof! la mancha se expande y la cubre, borrando para siempre lo que la minúscula fue o contó en su corta existencia.

 

TACHaDAS

Siguiendo con los consejos para librarse de una minúscula sobrante (y/o molesta/ pesada/ demandante) que habitualmente damos en este blog, hoy aportaré otro menos delicado pero igualmente eficaz. Es una práctica habitual cuando nos sobran letras o cuando las escogemos erróneamente, que nadie se muestre escandalizado pues todos lo hemos hecho alguna vez: se trata de tacharla (algunos se preguntarán "¿Tacharla de qué?"; bueno, allá cada cual en su elección).

Tengan en cuenta que cuando a una minúscula se la tacha (de lo que sea), ésta ya se ve atada a su papel por el fino hilillo que acabamos de dibujar alrededor de su cuerpecito enclenque. Pero tal vez con esto no baste, pues la pequeña seguirá pataleando y protestando desde el lugar en el que la hemos fijado, reclamando su libertad de minúscula cambiante y paseante. Si este es el caso, táchela de nuevo. Y otra vez si es necesario. Cúbrala de finos hilillos de tinta hasta que ni se la vea y quede perfectamente amordazada.

La minúscula seguirá ahí, con su locura boba intacta, pero usted ya no tendrá que soportarla más.

 

MARGINaLES

Hay algo peor que ser minúscula a secas y es ser minúscula marginal. Las marginales son aquellas minúsculas y garabatos que sin duda habrán observado que aparecen en los márgenes de las hojas de libros y otros escritos. Son letras (a veces ni eso) que no han podido adaptarse a las reglas del texto oficial, ya sea éste un texto académico, una novela romántica o un tratado sobre el tiempo y la relatividad. Y se quedan por fuera de éstos como simples anotaciones sin trascendencia, que todo el mundo ve, pero a las que nadie toma en serio ni considera como una parte del libro.

Habrá quien piense que tal condición es fabulosa y aplaudirán la marginalidad de estas pequeñas bobas. Pensarán que qué libres y qué espontáneas. Antes de aplaudir, piensen que al margen no hay reglas gramaticales que marquen cuál debería ser el siguiente paso o el modo apropiado de conducirse, por lo que todo se vuelve confuso e imprevisible. Y piesen que, como marginales que son, hay cosas que estas pequeñas salvajes nunca (ob)tendrán.