TÍMIDaS
MANCHaDAS
A nadie se le ocurriría empapelar el suelo con libros abiertos antes de ponerse a pintar las paredes. En cambio, hacerlo con aquellas minúsculas escritas en hojas de periódicos y revistas parece de lo más normal (nueve de cada diez minúsculas escritas en esta clase de publicaciones tienen un final atroz).
Estas pobres, en los últimos momentos de su corta vida, se ven obligadas a quedar tendidas boca arriba para contemplar con sus propios ojos como una enorme mancha de pintura se precipita sobre ellas desde las alturas. Y, atadas a su papel como están, nada pueden hacer al respecto. De pronto, ¡chof! la mancha se expande y la cubre, borrando para siempre lo que la minúscula fue o contó en su corta existencia.
TACHaDAS
Siguiendo con los consejos para librarse de una minúscula sobrante (y/o molesta/ pesada/ demandante) que habitualmente damos en este blog, hoy aportaré otro menos delicado pero igualmente eficaz. Es una práctica habitual cuando nos sobran letras o cuando las escogemos erróneamente, que nadie se muestre escandalizado pues todos lo hemos hecho alguna vez: se trata de tacharla (algunos se preguntarán "¿Tacharla de qué?"; bueno, allá cada cual en su elección).
Tengan en cuenta que cuando a una minúscula se la tacha (de lo que sea), ésta ya se ve atada a su papel por el fino hilillo que acabamos de dibujar alrededor de su cuerpecito enclenque. Pero tal vez con esto no baste, pues la pequeña seguirá pataleando y protestando desde el lugar en el que la hemos fijado, reclamando su libertad de minúscula cambiante y paseante. Si este es el caso, táchela de nuevo. Y otra vez si es necesario. Cúbrala de finos hilillos de tinta hasta que ni se la vea y quede perfectamente amordazada.
La minúscula seguirá ahí, con su locura boba intacta, pero usted ya no tendrá que soportarla más.
